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Por: Iván Martínez Por invitación de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, presenté a mediados de octubre una charla sobre Quintetos mexicanos para clarinete y cuarteto de cuerdas, en su Segundo Simposio “La música en México”. Para llegar al porqué de la importancia de esta dotación en el repertorio que se ha escrito en nuestro país, y a falta de bibliografía sobre la historia del clarinete en este primer bicentenario, preparé un breve repaso de la línea histórica entre las primeras bandas de alientos promovidas por el gobierno del Emperador Agustín de Iturbide hasta el boom actual del clarinete en la creación mexicana. Aquí un resumen. De Iturbide y las primeras bandas a Somos un país mestizo: nuestro arte y nuestra música son el resultado de ese mestizaje. Dentro de la música, el clarinete, su historia y sus personajes, igual. No podría ser de otra manera. Así como hoy la escena del clarinete se enriquece con jóvenes clarinetistas que regresan de estudiar en Canadá, en Francia o en Inglaterra, principalmente, así los primeros clarinetistas que nacieron en los albores del México independiente comenzaron a trascender y destacar gracias a la influencia de la culturas musicales que llegaban de otros países: sobre todo de Francia durante la intervención de 1860 e Italia, gracias a todas las compañías de ópera que no dejaron de venir durante todo ese siglo y hasta bien entrado el siglo XX. De alguna influencia de Romero, Meléndez o Yuste, la santísima trinidad española, no sabemos nada por aquí. No me corresponde a mí, y mucho menos aquí, hacer una apología de los personajes que la historia oficial ha denostado, pero con un México colonial donde la mayor influencia y la música que más se tocaba era la de Haydn, y Haydn como se sabe, no escribió para clarinete, fue hasta los gobiernos de Iturbide primero y Santa Ana después, y gracias a la influencia que sobre ellos tuvo ese destacado político que antes que político fue un hombre de letras, el conservador Lucas Alamán, que en México se fundaron y difundieron las primeras orquestas locales y sobre todo, para nuestro interés, las bandas militares (movimiento tan actual del que siguen surgiendo la mayoría de los clarinetistas, profesionales y no): hay que recordar que Jaime Nunó, el músico de Santa Ana, un catalán que el “dictador” había conocido en su primer exilio en Cuba, además de ser el compositor de nuestro Himno Nacional fue un importante director de bandas a quien no solo México le debe esa tradición, también Cuba y más aún Estados Unidos. Los registros nos hablan que para 1854, Nunó había fundado ya 230 bandas militares en todo el país: y quizá hoy no tengamos ese número de ensambles. Llega Benito Juárez en 1867 y como siempre que hay cambios de gobierno en este país, los proyectos cambian y hay que marcar las diferencias con el sexenio anterior (desde entonces, aunque no fuera por sexenios). Si los conservadores fundaron bandas militares, Juárez como masón y liberal que era, tenía que promover la formación de “sociedades filarmónicas” al margen de lo militar. Y aquí es donde aparece el primer gran personaje del clarinete en México, pero antes hay que advertir algo: los clarinetistas siempre hemos tenido esta personalidad para hacer cosas más allá del atril, para bien o para mal, políticamente o no: muchos son los clarinetistas que al margen de su instrumento, han destacado en la historia como políticos, diplomáticos, compositores o directores… Tenemos a Anton Stadler que fue un masón importante en la misma logia que Mozart, a Richard Muhlfeld, clarinetista de Brahms, que era todo un socialite que hoy estaría mes tras mes en el Hola o la Quién, o cómo no recordar que fue gracias a las relaciones diplomáticas de un clarinetista que Verdi pudo estrenar su ópera Aida en Egipto. Pues así también en México, Luis Humberto Ramos no ha sido el primer clarinetista cuya labor ha trascendido de esa manera. Otro caso importante es el de José López Alavez, revolucionario y político, amigo de Álvaro Obregón y que siendo éste presidente, lo mandó a pasear a Estados Unidos. Es gracias a ese viaje que en el vecino país le reconocen a un mexicano haber introducido el clarinete en las bandas de jazz de Nueva Orleans (de regreso, debiéramos reconocerle que introdujo el fox-trot a México) y aquí, aunque no se conozca ni su nombre ni mucho menos se recuerde que fue clarinetista o El músico de Obregón, nadie podrá decir que no conoce la Canción Mixteca, que compuso precisamente durante ese viaje. Regresando a nuestra historia de conservadores y liberales, el primer gran clarinetista mexicano se formó en las bandas militares de Santa Ana, luego se sirvió de las sociedades filarmónicas de Juárez y al final le dedicaba piezas a Porfirio Díaz: hablo de Clemente Aguirre (1828-1900) quien a los dieciséis años entró a la Banda del Batallón de Allende, donde se formó como clarinetista. Fue fundador de la Sociedad Filarmónica Jalisciense y de ahí director y fundador de muchas bandas, como las que hoy son del Estado en Jalisco y San Luis Potosí. Gracias a ello pudo fundar su propia academia y se sabe que fue el primer maestro en tener una cátedra de clarinete en un conservatorio al estilo europeo. Dije al principio que en la historia del clarinete no había mucho escrito, pero en este primer caso sí, pues este señor era todo un personaje mediático: no había periódico o cronista en el país que no hablara de sus conciertos y su labor pedagógica. Gracias a ello, hoy se puede reconstruir su historia; de otra forma, solo podríamos hablar de quienes le siguieron en el México post-revolucionario. Don Clemente Aguirre es hoy considerado uno de los músicos más importantes de Jalisco en el siglo XIX, si no es que el más. Sin embargo este reconocimiento del que hoy goza no lo logró como clarinetista, como director ni mucho menos como compositor o como el maestro que fue de tantos músicos que le siguieron. La importancia por la que hoy se le recuerda es que, siendo protegido desde los doce, trece años de Jesús González Rubio, el más importante maestro de música de la época, es a él a quien se le entrega un archivo con la primer música que realmente podemos considerar mexicana: una colección de jarabes, el primer género popular llevado a los salones, tan importante que gracias a que Aguirre los conservara y luego publicara, Manuel M. Ponce y José Rolón conocieron los temas que luego usarían en dos de sus obras más importantes, la Balada Mexicana para piano del primero y el Festín de los Enanos para orquesta del segundo. Nabor Vázquez Siguiendo la línea generacional, el segundo clarinetista importante en México es Nabor Vázquez, oaxaqueño nacido en 1868 y muerto en la Ciudad de México en 1948: un nombre que para nosotros hoy es más reconocible, pues además de ser el abuelo del director de orquesta Francisco Savín, es recordado como el primer clarinetista del México post-revolucionario, el clarinetista de la era Chávez. Don Nabor se había formado en las bandas de Oaxaca y en 1886 ingresa a la del Primer Batallón de Infantería junto con su hermano y su padre, pues por alguna razón fue la única que sobrevivió a un cese general de bandas militares. Ya instalado en la Ciudad de México, decide ingresar al Conservatorio Nacional para ampliar sus estudios y en poco tiempo gana el puesto de director de la Banda del Estado Mayor; disuelto el Ejército Federal se queda sin trabajo y en 1919 se integra a una de las tantas compañías de ópera que visitaban México; para 1922 es nombrado profesor del Conservatorio Nacional de Música –donde enseñaría hasta su muerte- y a pesar de haber estado en las orquestas nacionales que ocasionalmente formaban Julián Carrillo o José Rocabruna, fue el primer clarinetista de la Sinfónica de México que, ya institucionalizada, fundara Carlos Chávez. Paréntesis Aunque los clarinetistas importantes nacidos en el siglo XIX fueron ellos dos, hay otro par de personajes que no dejaron mucha huella en la historia pero que hay que mencionar porque tienen que ver con las dos primeras obras para clarinete. El primero es Manuel Castaño, nacido en 1828, el mismo año que Aguirre. De Culiacán, se había instalado en Mazatlán hacia 1848 y ahí se formó en las bandas militares. Años después se mudó a Tepic y ahí fundó su propia academia, donde se sabe que a un alumno de armonía de nombre Maximino Gutiérrez le dedicó en 1859 unas Variaciones para clarinete y cuerdas. Por otro lado, de la cátedra de Aguirre sabemos un poco más. Lo primero es que de ella salió Lorenzo Santibañez (1859-1899), a quien las crónicas de la época recuerdan como un clarinetista de gran virtuosismo. Es importante porque hacia 1886, al regresar de París el compositor Benigno de la Torre (1854-1912), un músico que se había formado como corista y violinista de orquestas de ópera y que fue uno de los primeros mexicanos en ir a estudiar a Europa, le compuso una Fantasía sobre temas de la ópera Rigoletto, la segunda obra de la que se tenga registro. Anastasio Flores Qué importante para el clarinete será el municipio de Ayo el Chico en Jalisco, que de ahí mismo saldrían tantos clarinetistas. Pero también, qué fructífera sería la primera cátedra del músico insigne de ese pueblo. De la misma clase de Aguirre en Guadalajara, además de Santibáñez que propició esa fantasía de ópera, salió Santiago Flores, un clarinetista que quizá hubiese quedado en el olvido de no ser porque fue el padre y maestro del tercer personaje en la línea: Anastasio “Tacho” Flores (Ayo el Chico, 1906), quien llegó a la Ciudad de México en 1922 para ocupar el puesto de primer clarinete de la Banda de Estado Mayor, la que hasta unos años antes había dirigido Nabor Vázquez. Al fundarse la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guadalajara en 1932, regresó a Guadalajara, pero no aguantó mucho y en 1943 abandonó su carrera orquestal para dedicarse a la música de cámara y desde cinco años después a la enseñanza, ocupando la plaza que al morir Nabor Vázquez quedaba libre en el Conservatorio Nacional. Es en esta época, la del Quinteto de Alientos Beethoven, que el clarinete comienza a tener un verdadero impulso en la composición y no solo para este ensamble, destacan además de los quintetos de Manuel Enríquez, Salvador Contreras o Hermilio Hernández, la Sonata para clarinete y piano de Jesús Bal y Gay de 1946-47, los Cantares para flauta, clarinete y piano de Mario Kuri-Aldana, de 1966 o las Variaciones para clarinete y piano de Leonardo Velázquez, de 1968. Luis Humberto Ramos Nacido en Fresnillo, Zacatecas, en 1950, Luis Humberto Ramos comenzó su formación en la banda municipal de su pueblo para luego ingresar a la clase de Anastasio Flores en su último año como profesor del Conservatorio Nacional. Con una corta carrera orquestal, participó en la Filarmónica de las Américas y a la par fue primer clarinete de la Filarmónica de la Ciudad de México, de la que salió en 1983 para dedicarse a la música de cámara y a la enseñanza, tal como cincuenta años antes hiciera el maestro Tacho. Es a él y a su impulso al regresar de una estancia en Londres a mediados de los ochenta, que debemos el gran auge que ha tenido el clarinete en los últimos veinticinco años, pues desde entonces comienza a comisionar a casi todos los compositores importantes y a muchos jóvenes que comenzaban a destacar; de esta época, surgen las primeras obras importantes para clarinete solo (como el Madrigal de Mario Lavista de 1985 o el Divertimento de Gabriela Ortíz de 1986), un número importante de tríos para clarinete, fagot y piano que se escribían por primera vez (Navegantes del crepúsculo de Graciela Agudelo y Las músicas dormidas de Lavista, ambos de 1989) y otra lista importante de quintetos de aliento, una dotación para la que se había dejado de escribir en los sesentas al desaparecer el Quinteto Beethoven. De mediados de los noventa al día de hoy, gracias a su interminable búsqueda de nuevo repertorio y la creación de festivales (el Coloquio Musical de Zacatecas y el festival de clarinete en la UNAM, de donde surge la comisión a Arturo Márquez para la que hoy es la pieza más emblemática de la literatura para su instrumento: el Sarabandeo para clarinete y piano), a sus primeros alumnos que regresan de perfeccionarse en el extranjero y comienzan a insertarse al medio profesional y –también- a una búsqueda estética que tiene que ver con la influencia que reciben los compositores de sus maestros fuera de México, comienzan a surgir -en un tercer boom- algunas sonatas, pocos conciertos, una gran cantidad de música para ensambles mixtos (sobre todo para el quinteto de flauta, clarinete, violín, violonchelo y piano) y gracias a la posibilidad de colaboración de tres cuartetos (el Latinoamericano, el White y el Carlos Chávez -antes Ruso-Americano-), los quintetos para clarinete y cuarteto de cuerdas.
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